Jean Genet
dice en un momento en ese libro con paginas llenas de sangre, semen, orina,
piojos y aventuras en la calle y en el encierro, llamado “Diario de un ladrón”,
que el adoraba caer en la cárcel y en lo posible francesa, porque allí se
sentía acompañado, en cambio en la calle su vida era pura soledad. Resulta
quizás ilógico que una persona pueda plantear algo así, ¿cómo alguien puede
preferir estar en una jaula sometido a los vejámenes más aberrantes,
atravesando torturas, hambre y violencia cada día, que vivir su vida en
(supuesta) libertad? Pero para quienes tuvimos el honor de poder compartir la
experiencia de la cárcel no nos resulta para nada extraño el razonamiento de
Genet. Recuerdo que eso fue lo que me dijo el Pardo, un pibe de un metro
noventa adicto al paco, que vivía en las plazas de constitución y que caía
habitualmente mientras los demás por causas más pesadas no nos íbamos nunca. El
Pardo ingresaba siempre por giladas: disturbios en la vía pública, haber
discutido con algún policía o como mucho haberse rastreado un celular, por lo
que no había mucho sustento legal para dejarlo un largo tiempo detenido. Muchos
sentíamos bronca hacía él, porque cuando entraba al pabellón lo hacía con una
sonrisa, feliz de volver a verse con sus amigos presidiarios, los más viejos lo
mirábamos con un poco de rabia al comienzo, pero luego nos dejábamos seducir
por su carisma, ya que su particular carcajada y su forma de andar eran muy
graciosas y te contagiaba irremediablemente su alegría.
-Afuera no
tengo a nadie, duermo en la calle tapado con cartones así llueva o caigan
heladas, la gente me mira con asco, si me pongo a mangear no junto ni dos
pesos, termino siempre sacando la comida de la basura. Acá adentro al menos
tengo amigos, hay un techo, tengo cosas que hacer.
-Pero
Pardo acá adentro también nos cagamos de hambre, de frio, las ventanas están
rotas y entra todo el viento helado, día por medio viene la requisa a rompernos
los huesos, por ser una fisura tenes que gatear para los más piolas del
pabellón, la otra vez te peleaste con uno que te abrió la cabeza y ¿decís que
acá estas mejor que afuera?
-Al menos
acá juego a las cartas con alguien, con mi rancho charlamos todo el día de
cosas de la vida, nos acordamos de momentos vividos en la calle, afuera no
tengo a nadie ni para hablar. Acá comparto la mesa con alguien así la cena solo
sea un pedazo de pan con caldo de grasa. ¿Para qué voy a salir si afuera estoy
peor?
La cultura
de la sociedad suele identificar al mundo carcelario como un bosque de bestias
salvajes, sin sentimientos, incapaces de amar, que son máquinas violadoras y de
dar puñaladas. Esas imágenes están naturalizadas y pocos se atreven a desmentirlas.
El preso está sometido a los peores morbos y prejuicios por un lado, y al
paternalismo más infantil por el otro. Discriminación o tutelaje, son las dos
opciones por lo que se moverán las únicas posibilidades de abandonar la vida
del delito. ¿Y quien va querer abandonar la vida del delito, si la alternativa
es que te lleven con una correa los expertos del “Rescate”?. El pibe para
lograr algún beneficio o ayuda material debe transformarse en un maniquí de la
moral cristiana, debe ser ejemplar, educado, ser ese que casi nadie es en esa
sociedad que se lo exige a muerte. Tiene que dejar atrás todo rasgo de su
adrenalina y ser a partir de ahora un salvaje salvado por la civilización y que
demuestre incansablemente agradecimiento.
Tampoco se
trata de idealizar románticamente a la cárcel, pero si es importante remarcar
el nivel de desconocimiento absoluto que reina sobre todo el panorama
humanístico que surge allí entre las ruinas del hacinamiento y la crueldad. El
pardo era tierno pero también se peleaba. Y allí radica la novedad; la cárcel
es un lugar complejo, ambiguo, diverso como el ser humano mismo. Pero el empeño
estar en mantener viva la mitología que enseña que allí adentro no hay lugar
para gestos delicados, allí todo es de un solo color. Eso es la ideología
pequeña burguesa, que se niega a confiar en los presos, que es ciega ante el
afecto que allí adentro también está presente. Prefieren ir con sus recetas
macabras de la reinsertación ya prestablecidas y que nadie quiere modificar.
La cárcel
sirve no solo como un depósito del descarte social, más importante aún es la
función que cumple dentro del imaginario popular. Se proyectan y se fijan en
los presos todas las peores perversidades. Dichas perversidades solo la cometen
los presos, se afirma, y nadie de afuera. Esa creencia rebalsa de adeptos y es tan
fuerte la campaña publicitaria que termina convenciendo a los mismos presos de
que ellos son como la tele y el amarillismo los presenta.
En pocos
lugares el mandato patriarcal es tan macizo. En la cárcel uno mata o es
asesinado por ver quién es más macho, por ver quien se la aguanta más. Se
someten personas provenientes de los mismos sectores de miseria a las peores
locuras de odio y desprecio, pero así y todo, y en simultaneo a esa violencia
tan explícita, sobreviven muecas poéticas. He visto a los presos más violentos
llorar un día de la madre, llorar ante una canción que los transportaba a viejos
momentos amorosos, los he visto rogar a sus parejas que no los dejen tirado,
los he visto indefensos y desnudos, sin todo esa armadura patriarcal tan
arraigadas en nuestros cuerpos.
La cárcel
al menos es explicita en su horror, no hay doble discurso, ni hipocresía, te
dicen que estas encerrado y que te vas a pudrir como una rata y efectivamente
te vas pudriendo. En cambio al salir de la cárcel te dicen que sos libre. ¿Libre
para qué? ¿Libre en donde si las puertas y ventanas se cierran al ritmo de tus pasos?
Si las miradas te destinan miedo, rechazo o lastima con suerte. En cambio
adentro las miradas son de colegas, que están viviendo tú mismo calvario.
Hace unos 3 años me crucé por el centro a uno
de los mejores amigos del Pardo allá adentro, El Falu de Dock Sud, estaba
trabajando de limpia-parabrisas, me
contó que El Pardo murió de frio en la plaza de Constitución. “Un indigente fue
víctima de la ola de frio”, titularon los medios. Murió por no tener el calor
de sus compañeros presidiarios.
4 comentarios:
Después de pasar horas buscando en Internet sobre cómo conseguir mi amante de nuevo me alegré de que me puse en contacto con el Dr. Adeleke Sin perder mucho tiempo me gustaría escribir los detalles del Dr. Adeleke cuyos detalles ha hecho un gran favor a mucha gente, Ellos a través de correo electrónico: aoba5019@gmail.com o WhatsApp él +27740386124
Muy buen texto hermano. Alta reflexión sobre la libertad y la crueldad.
El niño criminal
Conchatumadre...dr
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